El gran clásico
El gobierno abierto es la lengua franca de las transacciones entre las tribus del espacio público. Para los responsables políticos, es el idioma que traduce la complejidad social en colaboración efectiva, porque ninguna política prospera sin la voz de quienes la viven. Para la ciudadanía, es la expresión de un deber democrático: participar no es un gesto opcional, sino el acto que convierte derechos en futuro compartido. Para las personas que trabajan en la administración, es el lenguaje que alinea esfuerzos y metas, que transforma la rutina en propósito común. Practicar gobierno abierto es escribir, juntos, la gramática de una democracia viva.
En mi trayectoria profesional, el gobierno abierto ha sido mis gafas de cerca: me permitió ver con claridad que lo público no consiste solo en gestionar recursos, sino en generar confianza y construir alianzas. Y, sobre todo, entendí que esto va de hacer, no de engordar la burocracia planificadora. Cada paso —abrir datos, escuchar, dialogar, rendir cuentas— impulsa el siguiente, como una espiral que avanza con cada práctica concreta. Porque la apertura no se predica: se ejerce, se corrige y se mejora en movimiento.
El gobierno abierto no ha avanzado tanto como prometía: demasiadas veces se queda en discurso y no en práctica, atrapado entre inercias y miedos. Aun así, mantengo la fe: si la administración sobrevivió a la era del fax y al sello de caucho, algún día sobrevivirá a sus propias excusas y abrazará la apertura de verdad. Todo dependerá de lo exigentes que seamos como sociedad.
Alberto Ortiz de Zárate
Cuando en España apenas se empezaba a hablar de transparencia y datos abiertos, Alberto ya estaba imaginando un nuevo modelo de relación entre la administración y la ciudadanía. Su historia no es la de un tecnócrata encerrado en despachos, sino la de alguien que entendió que la apertura no es solo publicar datos: es cambiar la cultura del poder público.
En 2010, desde el Gobierno Vasco, lideró la creación de Open Data Euskadi, el primer portal de datos abiertos fuera del ámbito anglosajón. Aquello no fue solo un proyecto tecnológico: fue una declaración de principios. Alberto defendía que la información pública debía ser un bien común, accesible para todos, y que la transparencia no era un adorno, sino una herramienta para gobernar mejor.
Su visión del Gobierno Abierto se sostiene sobre tres pilares: transparencia, participación y colaboración. Pero para él, estas palabras no son eslóganes: son prácticas que deben transformar la manera en que se toman decisiones. “No basta con abrir datos”, insiste, “hay que abrir procesos, escuchar y co-crear con la ciudadanía”.
Tras su etapa en la administración, Alberto continuó impulsando esta filosofía desde la consultoría y la formación. Ha trabajado con gobiernos locales, autonómicos y con organismos internacionales como el Banco Mundial, llevando la idea de apertura más allá de las fronteras. Hoy, cuando se habla de innovación pública, su nombre aparece como referencia. Porque Alberto no solo abrió datos: abrió una conversación sobre cómo queremos que sea la democracia en la era digital. Y esa conversación sigue viva gracias a su empeño en que la transparencia sea real, la participación efectiva y la colaboración, una práctica cotidiana.